jueves, 25 de mayo de 2017

CAPITULO 23 (CUARTA HISTORIA)





Paula se sentó en la cama, y miró a su alrededor. Soltó un quejido de dolor: la cabeza la estaba a punto de explotar y el dolor le martillaba las sienes.


—No eres gay —susurró.


Pedro también se incorporó; observó preocupado los efectos de la resaca en Paula.


—No. Creo que eso quedó lo suficientemente claro.


Ella se apretó la cabeza con ambas manos y trató de cubrirse el cuerpo con la sábana.


—Pero Suzy dijo que no te interesaba ninguna mujer.


Él salió de la cama y entró al baño. Un instante después, le trajo un vaso de agua y una aspirina.


—No estaba interesado en ese tipo de mujeres.


Ella tomó la aspirina y bebió todo el vaso de agua.


— ¿Por qué no te interesaban? ¿Y por qué pensó que eras gay?


Paula se recostó hacia atrás, sin darse cuenta de que se estaba reclinando sobre el pecho de él y no sobre las almohadas. Lo único que sabía con certeza era que se sentía increíblemente cómoda y segura.


—No sé qué pensarán las otras mujeres a las que se refiere Suzy, pero con ella jamás me acostaría. Y eso no le gustó nada.


Recordó algo, y una alarma se prendió en algún lugar de su mente.


— ¿Y esa espantosa mujer que vino ayer a la oficina?


El le frotó los hombros con suavidad, tratando de calmar el malestar de la resaca, pero por su propia experiencia personal sospechó que sólo se sobrepondría con el tiempo.


— ¿Ahora de qué mujer espantosa estamos hablando?


—Esa bruja de cabello negro que vino ayer por la mañana a hablar contigo.


Sus dedos se detuvieron sobre sus hombros. Repasó mentalmente todas las personas con las que se había reunido el día anterior.


—Por casualidad, no estarás refiriéndote a Marcy Duprey, ¿no? —preguntó.



—Creo que se llamaba así. —Se recostó hacia atrás, sintiéndose mejor ahora que la aspirina le comenzaba a hacer efecto.


Pedro suspiró.


—Marcy Duprey vino para firmar su tercer acuerdo prenupcial. Sus anteriores esposos ya se lo habían requerido.


Aquello era una verdadera novedad para ella.


— ¿Por qué?


—Porque es una mujer cruel y despiadada, que cambia de marido con la misma velocidad con que otras mujeres cambian de bombacha.


Paula se rio levemente, pero en seguida se detuvo cuando sintió el dolor que le martillaba la cabeza.


—Creo que anoche bebí demasiado —suspiró, frotándose las sienes ligeramente.


Algo más se le cruzó por la cabeza, y se detuvo en seco. Se apartó de él y lo miró a los ojos; necesitaba comprenderlo.


— ¿Qué dijo tu hermano ayer?


Pedro puso los ojos en blanco.


— ¿Cuál de ellos? ¿A qué hora? Dijeron un montón de cosas, seguramente muchas que no escuchaste.


Ella sacudió la cabeza, pero se detuvo porque le dolía demasiado.


—No, estoy segura de que lo escuché. Aunque en ese momento, no lo entendí.


Pedro se puso tenso, preocupado por lo que fuera que sus hermanos pudieran haber dicho para ofenderla.


— ¿Qué comentario, amor?


Ella se mordió el labio, tratando de pensar, a pesar del constante dolor.


—Ricardo dijo "¡Más quisiera...!" después que yo comenté que saliste con todas esas mujeres.


Pedro tironeó de ella hacia atrás para que se apoyara contra su pecho y retomó su masaje.


—Ricardo no tiene ni idea de lo que está hablando.


Ella escuchó las palabras, pero algo en el tono de voz le sonó falso.


— ¿Por qué no me lo quieres decir, Pedro? —preguntó. Ahora estaba más preocupada que anoche. —No termino de comprenderte, y me gustaría poder hacerlo. Pero me doy cuenta de que me estás tratando de ocultar algo.


Pedro recostó la cabeza sobre el respaldo de la cabeza.


— ¿Estás segura de que quieres hablar de esto?


Ella lo pensó un largo momento.


—Sí, creo que sí. ¿Me vas a contar algo horrible? ¿Cómo que eres un asesino en serie y soy tu próxima víctima? Si es así, tal vez sí debas guardártelo. Si voy a tener una muerte truculenta, prefiero no saberlo de antemano.


Pedro estalló de risa antes de que terminara el comentario.


—No, no soy un asesino serial. Pero tampoco soy un fiestero serial.


— ¿Y qué se supone que quiere decir eso?


Pedro deslizó las manos sobre sus omóplatos para aliviar la tensión.


— ¿Has pensado bien si quieres hablar de esto? Marcará un antes y un después, y tal vez no te guste lo que escuches.


En ese instante, volvió a sentir toda la tensión anterior. Se alejó de él y se puso de pie, tomando su camisa de la silla y prendiéndose los botones antes de darse vuelta para enfrentarlo.


—Ahora sí. Dímelo. ¿Qué está pasando? ¿Cuál es el gran secreto que guardas?


Pedro volvió a reclinarse sobre la cabecera, mirando el cielo raso.


—Estoy enamorado de ti. Mis hermanos lo saben hace años.


Ella se quedó de pie, con la vista fija en él, sin comprender.


—Pero todas esas mujeres...


—Eran sólo una cortina de humo.


Sintió un aleteo en el estómago.


— ¿Así que cuando la mujer te dijo que eras gay en la calle, fue porque...? —No supo cómo decirlo.


El se pasó la mano por el cabello, frustrado.


—Suzy no cuenta.


Se trataba de un comentario que la sorprendió.


— ¿Por qué no cuenta?


—Porque es demasiado delgada. Jamás me sentí ni remotamente atraído por ella.


— ¿Y Jessica?


Pedro volvió a encoger los hombros.


—Demasiado agresiva.


— ¿Marcy?


Esbozó una sonrisa amplia.


—Una verdadera mercenaria.


No pudo evitar reírse de esta respuesta.


—¿Y las demás mujeres?


La miró con desconfianza e hizo una pausa. Pero cuando advirtió la vulnerabilidad en su mirada, suspiró y le contó la verdad.


—Sólo te quería a ti.


Ella soltó un grito sofocado e intentó inhalar otra vez; sus palabras le apenaron el corazón. Pero esta vez en un sentido positivo.


— ¿Cómo puedo estar segura de ello? —susurró.


Él sacudió la cabeza.


—No te puedo probar nada. Mis hermanos lo saben: hace tiempo que no me acuesto con nadie. Suzy lo sabe, razón por la cual ella y todas sus amigas creen que soy gay. No me acosté con ninguna de ellas, por más que hayan hecho esfuerzos sobrehumanos para que lo hiciera.


— ¿No te sentiste tentado?


—Ni en lo más mínimo.


—Pero son todas espectaculares —señaló, como si estuviera loco.


—Sólo te quería a ti, Paula.


Ella caminó de un lado a otro al pie de la cama, ignorando el dolor de cabeza.


—Es algo muy extraño. Eres un tipo tan sexual...


—Lo soy cuando estoy contigo. Por las demás mujeres siento indiferencia total.


—¡Pero discutimos todo el día! —dijo, moviendo las manos en el aire, exasperada.


—Me gusta discutir contigo —sonrió—. Me gusta discutir, hablar, reírme y cocinar contigo, pero más que nada me gusta hacer el amor contigo. Me encantan tus gemidos cuando hago algo que te gusta.


Ella sonrojó y se miró las manos.


—Gimo todo el tiempo.


El se rio, asintiendo con la cabeza.


—Lo sé. Me gusta.


Se sentó a los pies de la cama. Pensaba rápidamente en todo lo que le acababa de decir.


— ¿Por qué? —preguntó, tratando de comprender lo que decía y de creerle, pero le resultaba muy difícil. Porque si cambiaba de opinión, le rompería el corazón. — Pedro, ¿me estás tratando de decir que no has tenido sexo con nadie desde que me conociste?


El sacudió la cabeza.


—No, no puedo afirmarlo. He estado con otras mujeres desde entonces. Al principio, eras demasiado joven. Y luego comenzaste a salir con ese imbécil, Tim o Tom, o algo así.


—Tim —confirmó ella—. Era un buen tipo.


—Era un idiota. Cuando te daba un apretón de manos al saludarte, lo hacía sin fuerza, y les tenía miedo a las arañas.


Ella se rio. Se acordaba de haberle contado a sus colegas que una noche, cuando vio una araña en su casa, él se trepó a una silla. Había tenido que matarla por él, y después se marchó casi de inmediato.


— ¿Escuchaste la conversación? —preguntó.


—Sí. Y salí y maté cinco arañas ese día, sólo para demostrarte mi valentía


Ella se rio a carcajadas, e incluso fue capaz de imaginarlo yendo al bosque para encontrar arañas.


—Nunca me contaste sobre aquella masacre.


Él se cruzó los brazos delante del pecho desnudo, negándole ver aquello que tanto le atraía.


Se mordió el labio, intentando decidir si le creía o no.


—Entonces por qué no me dijiste nada en todos estos años?


—Porque no parecía que estuvieras interesada en mí.


—Solíamos ser amigos.


—Yo quiero más que una amistad.


Finalmente habían llegado al punto tan temido, pensó Paula. El meollo de la cuestión. ¿Se animaría a formularle la pregunta?


— ¿Qué es lo que quieres?


—Tú —dijo sin dudar—. Te quiero en mi casa. En mi cama. Quiero que te cases conmigo y que me hagas el hombre más feliz del mundo. Quiero discutir contigo y hacerte el amor diez veces por día.


Ella abrió los ojos enormes.


— ¿Diez veces? —preguntó, estremeciéndose.


—Me tengo que poner al día después de tanto tiempo —le explicó. Esperó tenso que ella respondiera a las otras cosas que le había dicho, pero cuando se quedó mirándose las manos, no pudo esperar más. — ¿Hay alguna manera en que puedas aprender a amarme?


Ella se río y soltó un hipo al mismo tiempo.


Pedro..., he estado enamorada de ti desde que me compraste esos guantes de cuero forrados de cachemira.


La miró sin entender nada, y le dijo:
—A alguien se le cayeron ese día en el estacionamiento.


Ella trepó por la cama gateando, sabiendo que él le estaba mirando el escote de la camisa, contemplando sus pechos.


—Los compraste en el negocio a la vuelta de la esquina una hora antes de que me los dieras. La vendedora hizo que te entregaran la factura, porque te olvidaste de llevártela.


Él hizo una especie de mueca, pero como a esa altura ella ya estaba a su lado, la ayudó a levantarse y sentarse a horcajadas sobre él, exactamente donde la quería.


—Está bien... Mentí. ¿Y respecto de todo lo demás que te dije? —preguntó, apoyando las manos sobre los muslos de ella.


Ella ladeó la cabeza. Pensó en todo lo que le había dicho.


—Te creo. —Le dirigió una sonrisa amplia. —O, para ser más precisa, les creo a Ricardo y a Suzy.


Pedro se quedó helado un instante. Luego, con un gruñido, la arrojó sobre la espalda, y le hizo cosquillas en todos los lugares que había descubierto le producían cosquillas. No cedió hasta que ella le rogó que parara, en medio de carcajadas tan fuertes que apenas le salían las palabras.


—Te amo —le dijo con ternura. Le besó los labios sonrientes y la miró con todo el amor de sus ojos.


Ella extendió los dedos para tocar su cabello y su rostro
—Yo también te amo. Siento que hayamos tardado tanto en darnos cuenta —le susurró.


El sonrió con lascivia.


—No te preocupes. Voy a compensar todos los años que fuiste demasiado cabeza dura como para darte cuenta de lo que estaba pasando —dijo.


Y en ese preciso instante, puso manos a la obra.




CAPITULO 22 (CUARTA HISTORIA)








Pedro estaba sentado con sus hermanos en el bar, escuchando a las cuatro espectaculares mujeres insultando a sus hermanos, incluido a él mismo. La rubia era preciosa, pero estaba furiosa con su hermano mayor. Karen no paraba de lamentarse sobre el ridículo sector que dirigía Axel, y Mia no le daba tregua a la bebida, pero resultaba normal, ya que acababa de ser absuelta de un cargo de homicidio. Ese día, habían quedado pendientes los cargos por malversación de fondos, pero el caso se desestimó cuando Carla, la rubia preciosa, reconoció a la supuesta victima del homicidio. ¡Era difícil procesar a una persona por asesinato cuando el hombre se reunía con otros con el objetivo de cometer un fraude! Qué pedazo de idiota, pensó Pedro.


Y entonces sus ojos se posaron sobre Paula. Se había marchado temprano de la oficina. Al principio, se preocupó, pero luego se entero de que había salido a celebrar la libertad de su mejor amiga, y respiro aliviado. Paula merecía salir y divertirse. Últimamente, trabajaba demasiado, tratando de no dejar nada librado al azar para evitar a toda costa que se descubriera su relación.


— ¿Les parece que las avisemos? —preguntó Axel, reclinándose hacia atrás. No parecía tener ganas de ponerle fin a la conversación. ¿Quién querría hacerlo? ¡Era una fuente de información! Las cuatro mujeres estaban revelando todos los secretos oscuros que guardaban en lo más profundo de su corazón.


—Yo voto por que les enviemos otra jarra de margaritas —dijo Simon con una carcajada, al tiempo que Mia le contaba a las otras tres jóvenes lo insoportable, poco confiable y cínico que era aquél.


Pedro observó a Paula beber un largo trago de la margarita. Sentía el cuerpo en llamas al observar su cuello sensual. Adoraba ese pedacito de su anatomía.


—Mañana van a pagar las consecuencias de tanto trago —dijo Ricardo riéndose entre dientes.


Simon también se rio, y fingió estar ofendido.


—Será su castigo por todas las cosas perversas que están diciendo de nosotros.


Axel puso los ojos en blanco.


—Esa es tu opinión. —Le pegó un puñetazo a su hermano en el brazo—. Estas mujeres pueden llegar a ser unas harpías cuando están con resaca.


Pedro no aguantó seguir mirando a Paula. Tenía que tenerla en los brazos.


—Creo que llegó el momento de interrumpir la fiesta, ¿no les parece, caballeros? —preguntó, y posó su cerveza a medio terminar sobre la barra a sus espaldas.


No esperó que le dieran la razón. Tenía demasiadas ganas de sentir las suaves curvas de Paula amoldándose a su cuerpo.


—Cariño, es hora de partir —le susurró al oído.


Volvió la cabeza, sorprendida de tenerlo tan cerca.


—Yo no iré a ningún lado contigo —dijo. Levantó su copa y le dio un largo trago.


— ¿Por qué no? —preguntó, apartando su bebida a un lado apenas lo posó sobre la mesa.


—Porque Mia, Carla y Karen no andan saliendo con otras mujeres todo el tiempo. Son simpáticas, divertidas y nos entendemos.


Pedro miró a sus hermanos. Todos estaban tratando de encontrar la manera de sacar a las mujeres del bar. Simon encontró el mejor método. Sencillamente levantó a Mia en brazos y la sacó cargándola fuera del restaurante. Oyó que ella le decía a Simon algo así como que era una bestia repulsiva, pero después apoyó la cabeza sobre su hombro y soltó un suspiro que parecía de felicidad.


No pensó que podría hacer lo mismo con Paula.


— ¿Qué te parece si regresamos a casa y lo hablamos?


Ella resopló y sacudió la cabeza:
—No.


— ¿Por qué no? —preguntó, corriendo su silla hacia atrás, y pensando en la mejor manera de levantarla en brazos.


—Ni lo pienses —le espetó Paula—. ¿Por qué no vas a buscarte a una de esas mujeres con las que has estado divirtiéndote?


Ricardo resolló al escuchar el comentario:
—¡Más quisiera...!


Pedro le dirigió una mirada de furia a su hermano mayor. No quería que su celibato de los últimos... quién sabía cuánto tiempo ,fuera de conocimiento público.


Pero Paula no dejó pasar el comentario.


— ¿A qué se refiere con eso? —preguntó.


—A nada, mi amor. Vamos.


—No. Porque vas a tratar de quitarme la ropa apenas estemos afuera. 


Ignoró la risa de sus otros hermanos al escucharla.


—Justamente, es lo que haré —le confirmó, tomándole las manos y levantándola de la silla para estrecharla entre sus brazos—. ¿Alguna objeción?


Ella se echó atrás y se colgó la cartera sobre el hombro.


—Muchas.


Salió caminando del bar, sorprendida por la firmeza de su andar a pesar de todas las copas tomadas. Se sentía orgullosa por lo bien que soportaba el alcohol. Una adulta responsable, pensó con suficiencia.


Pedro sacó dos sillas del camino antes de que se las llevara por delante, y la hizo esquivar una de las mesas. Le pareció encantadora tratando de fingir que estaba sobria. Pero de ningún modo la dejaría ir manejando sola a casa.


Una vez afuera, Paula miró a derecha e izquierda, tratando de encontrar un taxi para poder llegar a su casa. Giró como un trompo y estuvo a punto de caerse sobre Pedro.


—¡Me olvidé de pagar la cuenta! —dijo horrorizada.


—Ricardo se ocupó de eso —le aseguró él, recorriéndole la espada con las manos.


De pronto, oyó un ruido a su izquierda y casi soltó un improperio cuando vio a Suzy Martin dirigiéndose a él mientras chillaba. Hacía tres meses que Suzy había intentado seducirlo por todos los medios para acostarse con él. Tenía el cabello largo y rubio, un cuerpo delgado y chato como una galleta, y ojos hermosos.


—¡Creí que eras gay!—gritó a todo pulmón.


Los ojos de Pedro se abrieron aún más, y tuvo que reprimir una carcajada.


—Ehhh, hola, Suzy. ¿Cómo has estado? —dijo, y extendió la mano incómodo.


Tampoco era inmune a la comicidad de su comentario.


—¡No te atrevas a preguntarme cómo he estado, canalla! ¡Se suponía que eras gay!


Pedro no puso los ojos en blanco, pero estuvo cerca de hacerlo.


— ¿Por qué se suponía que debía ser gay?


Ella hundió los brazos sobre las delgadas caderas; los pómulos parecían a punto de estallar por la falta de grasa.


—¡Porque no estabas interesado en salir conmigo! ¡Ni con nadie! —le gritó a su vez. Evidentemente, estaba furiosa con él.


El ahogó las carcajadas al tiempo que la mujer en la que sí estaba absolutamente interesado se acurrucaba contra su pecho.


—Me tengo que ir —dijo. Lo tenía sin cuidado lo que opinara Suzy de su sexualidad.


— ¿De qué habla? —preguntó Paula. Suspiró y apoyó la cabeza sobre su hombro.


Sabía que no debía hacerlo, ¡pero era tan placentero!


—No te preocupes por lo que dice —dijo Pedro, al tiempo que la conducía al estacionamiento y luego la acomodaba con suavidad en su auto.


Se quedó dormida casi en el acto. Él condujo directo a su casa sin siquiera considerar regresar a la de ella. La había escuchado decir algunas cosas extrañas, y quería tenerla allí donde pudiera estar seguro de hablar con ella por la mañana.








CAPITULO 21 (CUARTA HISTORIA)





Entró en la oficina, sintiéndose más feliz de lo que jamás había estado. Hasta que se topó de cara con la realidad.


—Dijo que anoche tenía que trabajar... —le decía a Diane una mujer enfundada en un vestido negro.


Paula estaba a punto de pasar de largo cuando algo la hizo detenerse y escuchar lo que seguía.


—No sé si trabajó hasta tarde, señora, pero aún no llegó. ¿Le gustaría dejarle un mensaje? —preguntó Diane con su voz más amable, señal de que hacia rato que la mujer vestida de negro estaba allí, causando un revuelo.


— ¿Puedo ayudarla? —preguntó Paula, dando un paso adelante para liberar a Diane.


La mujer giró, y arrojó el negro y sedoso cabello hacia atrás para encontrarse con el rostro de la recién llegada. La mujer miró a Paula de arriba abajo, desestimándola como poco importante.


—Vengo a ver a Pedro Alfonso —explicó—. Soy Marcy Duprey.


Paula esperó, pensando que seguiría. Cuando no lo hizo, como si no hiciera falta, Paula puso su mejor sonrisa de gerente de oficina.


— ¿Tiene una cita con el señor Alfonso? —preguntó, y comenzó a sentir que se le formaba un nudo en la boca del estómago. Sabía exactamente dónde terminaría todo aquello. Lo había sabido desde el principio, pero deseó que hubiera demorado más.


—No necesito una cita —afirmó la mujer, y se pavoneó ligeramente con una expresión de superioridad en sus hermosos rasgos—. Además, sólo vine para que me dijera con sus propias palabras si los rumores son ciertos.


Paula tragó con dificultad, plenamente consciente de que la mujer podía no estar exagerando. Apenas hacía una hora que se había marchado de la casa de Pedro, pero ya se sentía fría y rechazada.


—El señor Alfonso no se encuentra en la oficina en este momento. Si quiere sentarse y esperarlo, puedo traerle una taza de café. ¿O tal vez prefiera una cita para más tarde? —le propuso, e intentó que la voz le saliera lo más natural y profesional posible, aunque sospechó que el tono le salió crispado y a la defensiva, tal como se sentía por dentro.


La mujer descartó esa opción con una mano en el aire.


—No hace falta. Sólo necesito un minuto de su tiempo.


— ¿Entonces esperará? —preguntó Paula.


Marcy se rio.


—Cielos, no. Hace demasiado tiempo que espero a ese hombre. Ya no espero más. Además, si lo que leí es cierto, ¡entonces tiene mucho que explicar! —Se arrojó el cabello sobre el hombro con un gesto altivo y salió caminando por la puerta. Con una mano en el picaporte de la puerta, se dio vuelta—. Díganle que me llame apenas ponga un pie aquí dentro —ordenó como si Paula y Diane fueran subordinadas de ella, contratadas para cumplir sus órdenes.


Diane soltó un soplido y se desplomó sobre el respaldo de la silla.


—Esa mujer no parecía muy contenta.


Paula conocía la sensación. Había estado en la cima del universo apenas cinco minutos atrás. La presencia de esa mujer horrenda había arruinado la hermosa sensación con la que se había marchado de la casa hacía un rato.


Entró en su oficina y tuvo que controlar el deseo de cerrar de un portazo. Caminó con cuidado y precisión a su escritorio y se zambulló en el trabajo. Aquel día se esforzó más que nunca; necesitaba apartar la imagen de esa mujer de la mente.


— ¿Te enteraste? —Diane entró en su oficina. La excitación se notaba en su mirada.


— ¿Si me enteré de qué? —preguntó Paula, y extrajo un informe de la impresora, escudriñando los pormenores para asegurar que todo estuviera perfecto.


—¡Mía Paulson quedó en libertad! La policía llegó a venir al estudio, para volver a arrestarla por cargos de malversación de fondos, pero una amiga de Ricardo reconoció a la supuesta víctima.


—¡Bromeas! —Paula se puso de pie de un salto y salió a toda prisa de la oficina. — ¿Dónde está?


—En la oficina de Simon —le gritó Diane.


Paula no esperó un segundo más. Corrió escaleras abajo hacia la oficina de Simon.


Estaba tan excitada por su amiga. Era una noticia asombrosa y se le ocurrió que ni siquiera la había llamado los últimos días. Justamente en un momento de tanta necesidad. Últimamente, Paula había estado demasiado inmersa en su propio mundo y se avergonzó de ello.


— ¿Dónde está Mia? —le preguntó a Jean, la asistente administrativa de Simon.


—En la oficina de Simon.


Paula se precipitó por la puerta, ansiosa por ver a su amiga. 


También se trataba de una excusa conveniente para evitar a Pedro, que resultaba más natural por el hecho de que realmente quería estar con Mia.


—¡Acabo de enterarme! —gritó al tiempo que la agarraba y le daba un fuerte abrazo—. Estoy tan aliviada. ¡Te dije que Simon te podía sacar de este lío! —dijo, meciéndose con Mia entre los brazos.


Mia se rio y trató de asentir con la cabeza, pero Paula la estaba apretando demasiado.


—Tenías razón. Aclaró todo el misterio. ¡No puedo creer que haya terminado!


Paula se rio, encantada.


—¡Tenemos que salir a celebrar! —exclamó—. ¡Vamos a Durango!


—Sí—dijo Mia, asintiendo. Sabía que una margarita era exactamente lo que necesitaba—. ¡Estoy completamente de acuerdo!


Salieron caminando del brazo hacia los ascensores, muriéndose de risa. Una oleada de alivio se derramó sobre Mia.


—¡Ay, los hombres! —masculló una bonita rubia al tiempo que apretaba el botón de llamada del ascensor una y otra vez.


Mia le sonrió a la mujer con sincero agradecimiento.


—Tú eres la mujer que acaba de impedir que me metieran en la cárcel —le dijo—. ¿Te encuentras bien?


Carla Fairchild giró rápidamente y advirtió a las dos preciosas mujeres detrás de ella.


—Lo siento —dijo. Respiró hondo y cerró los ojos. —Nada que un buen martini no pueda remediar —replicó, tratando de calmarse—. ¡Es que los hombres son tan difíciles de entender! —dijo con brusquedad. Era evidente que sus intentos por calmarse respirando pausadamente no estaban funcionando.


Mia sabía exactamente cómo se sentía.


— ¿Por qué no vienes con nosotros? No sé cómo serán los martinis —advirtió—, pero las margaritas de Durango son perfectas para remediar cualquier mal.


—No sé si en este momento estoy en condiciones de establecer cualquier tipo de conexión con el resto del género humano —retrucó.


Mia se rio.


—Yo me siento exactamente igual. Me llamo Mia Paulson —dijo—, y estamos yendo a celebrar el hecho de no haber ido a parar a la cárcel por el resto de mi vida.


Carla sonrió a su vez, tomando la mano de Paula en la suya.


—Parece una excelente manera de comenzar el fin de semana. Creo que, después de todo, las acompañaré.


La tensión en los hombros de Paula comenzó a aflojarse apenas comenzó a caminar al bar con sus amigas. La ansiedad no desapareció por completo, pero al menos estaba fuera de la oficina y podía evitar a Pedro el resto del día. Si se enteraba de que se había ido, la seguiría y le preguntaría por el motivo. Y en ese momento no era capaz de conversar acerca de ello con él. Se sentía demasiado vulnerable y desesperada para ignorar el hecho de que debía terminar su affaire con Pedro. Había sido tan maravilloso, tan espectacular e increíblemente perfecto.


Pero no era el tipo de mujer que podía hacer de cuenta que las demás mujeres en su vida no existían. Ni podía continuar engañándose respecto de la posibilidad de tener un affaire con un hombre que sabía que con el tiempo terminaría cambiándola por otra.


Ahora que conocía al hombre real, también sabía que su amor por él era más fuerte que lo que le hubiese gustado admitir.


Estaba enamorada de él. Lisa y llanamente, lo amaba con cada partícula de su ser.


Desgraciadamente, tenía que proteger su autoestima y dejarlo antes de que la destruyera.


—¡Esperen! —exclamó Mia—. Aquella mujer sentada en esa mesa es Karen, ¿verdad?


Paula parpadeó. Había estado a punto de comenzar a ahogar sus penas en el trago.


Al volverse, observó que, efectivamente, se trataba de la nueva abogada, Karen Ward, la que había salvado a Mia de ser acusada de homicidio. Tampoco ella parecía estar pasando por su mejor día; una sombra de tristeza rodeaba sus ojos. Paula sospechó que detrás de la aguerrida abogada penalista había una mujer que sufría.


De pronto, se olvidó de sus propias penas, y se puso de pie para acercarse a ella.


—Hola, Karen —le dijo, cuando la tuvo delante de ella—. ¿Quieres venir a nuestra mesa a beber unas margaritas con nosotros?


El rostro de la joven cambió al instante. Una tímida sonrisa asomó a sus labios.


Corriendo su silla hacia atrás, se puso de pie y la siguió a la mesa, donde las demás ya habían dispuesto una cuarta silla para que se uniera a ellas.


Entre risas y bromas, las jóvenes comenzaron a beber margaritas, mientras comían una picada salada, lo cual no hizo sino hacerlas beber aún más. Era un círculo vicioso y tramposo, pensó Paula, al tiempo que la conversación giraba a su alrededor.


Pero era exactamente lo que necesitaba: mujeres que estuvieran en la misma situación que ella, como resultaba tan evidente por las historias que contaban. Paula escuchó y observó. Registró la misma mirada triste en los ojos de Karen que en los suyos propios. Mia, en cambio, estaba furiosa con Simon, y Paula sospechó que se trataba de un mecanismo para defenderse de lo que sentía por él. En el caso de Carla, la única mujer rubia en la mesa, estaba indignada con Ricardo por algo que había pasado entre los dos.


No cabía duda de que las cuatro mujeres que estaban allí eran víctimas del encanto de los hermanos Alfonso. ¿Habría alguna manera de evitar su poder? Era el colmo que cuatro mujeres fuertes e inteligentes pudieran enamorarse así de hombres que, evidentemente, no querían ningún tipo de compromiso con nadie.