miércoles, 10 de mayo de 2017

CAPITULO 18 (SEGUNDA HISTORIA)





Pedro salió hecho una tromba del restaurante y regresó a la oficina, tan furioso que ni siquiera vio a sus hermanos entrando juntos al edificio.


—¿Pedro? —llamó Simon cuando Pedro pasó al lado de ellos, con un gesto tenebroso en el rostro.


Pedro se dio vuelta rápidamente, más que listo para lanzarle una trompada a quien fuera que lo detuviera. Cuando se dio cuenta de que eran sus hermanos, aflojó los puños, pero no del todo.


— ¿Qué pasa? —preguntó, pasándose la mano por el cabello en un intento por calmarse.


— ¿Estás bien? —preguntó Ricardo.


Pedro respiró hondo, tratando de controlarse. Asintió, pero en el fondo, no estaba seguro.


Javier no estaba convencido.


—¿Qué te parece si vamos al gimnasio y me mueles a golpes? —sugirió, sabiendo que ya hacía un par de semanas que algo lo molestaba a Pedro.


Pedro lo pensó, pero sacudió la cabeza. —No creo que sea buena idea —retrucó, apretando las manos sobre las caderas—. ¿Por qué están acá afuera los tres? — preguntó. Simon se rio y puso los ojos en blanco. —Estamos buscándote. 


— ¿Qué sucedió?


Los tres hermanos se miraron entre sí, y luego de nuevo a Pedro. — ¿Qué les parece si vamos a casa y lo discutimos tranquilamente? —sugirió Simon.


Pedro pensó en el trabajo que tenía acumulado en su escritorio; luego recordó a Paula insinuando aumentarse los pechos y supo que ese día no podría seguir trabajando.


—Está bien —replicó, y los siguió para salir del edificio nuevamente, hacia el estacionamiento. Permitió que Simon lo condujera a su casa, y dejó su auto en el estacionamiento. 


Una vez allí, se desplomó en el cómodo sofá de cuero y tomó la cerveza que le ofrecieron, para empinársela y acabarla de un solo trago.


Una vez que depositó la botella sobre la mesa y tomó otra, levantó la mirada, sólo para advertir a sus tres hermanos, esperando.


— ¿Qué? —preguntó. Le sorprendió que parecieran estar confabulándose contra él.


— ¿Qué está pasando entre tú y Paula? —preguntó Ricardo, tomando un trago de su propia cerveza.


Pedro se frotó la mano sobre la cara, tratando de entenderlo él mismo.


—No lo sé.


— ¿Por qué no comienzas por el principio? - ¿Hace cuánto que se están viendo? — preguntó Simon.


Pedro sonrió, advirtiendo que Simon no preguntaba sólo como hermano, sino como jefe. Consideraba que todos sus empleados eran parte de un equipo. No exactamente una familia. Todos tenían ya familia suficiente, decían. Pero los equipos tenían una relación estrecha, todos trabajaban juntos como una unidad cohesiva. También era cierto que un equipo no podría trabajar de ese modo sin que hubiera algún tipo de proximidad como la que existía entre los miembros de una familia.


En otras palabras, cada uno de sus hermanos, incluido él mismo, estaba pendiente de las personas que trabajaban con ellos, involucrándose cuando las cosas se ponían difíciles y asegurándose de que todos tuvieran un equilibrio entre la vida laboral y familiar dentro del ambiente estresante en el que trabajaban.


Ver que Simon defendía a Paula le dio tranquilidad. Pero sólo un poco. Quería tener el derecho de defenderla él mismo, pero ella se estaba alejando, volviéndose más y más distante, incluso mientras que el sexo entre ellos se volvía cada vez mejor, más explosivo, más adictivo. No podía imaginar una época cuando ella no estuviera durmiendo a su lado. De hecho, las noches en que ella insistía en dormir en su propio departamento eran las noches en que apenas dormía.


—Nos conocimos hace más de seis años —dijo finalmente Pedro.- Tenía la cabeza apoyada sobre el sofá de cuero y los ojos cerrados, así que no alcanzó a ver la sorpresa en el rostro de sus hermanos, pero la percibió. —Dejen de mirarme así — dijo, todavía con los ojos cerrados.


Sus hermanos soltaron una risa sofocada por conocerse tan bien. —¿Y por qué no dijiste nada cuando la presenté como candidata para ser contratada? —preguntó Simon.


Pedro sintió que uno de sus hermanos se sentaba en el extremo opuesto del sofá y entreabrió los ojos:
— ¿Qué se suponía que debía decir? -¿"No la tomen: es la mujer que me rompió el corazón"?


Ricardo estaba apoyado contra la repisa de la chimenea, pero Pedro lo vio abrir los ojos sorprendido por la confesión.
—¿Así que es ella? —preguntó, sólo para aclararlo. Los tres recordaban cuando Pedro había regresado de Washington D. C. Lleno de pasión, se presionaba a sí mismo hasta el cansancio para sacar su área adelante. Estar con él era insoportable.


Trabajaba entre doce y catorce horas todos los días por más productivo que estuviera el sector. Pedro suspiró y asintió con la cabeza: —Así es.


Javier encogió los hombros: —Entonces, ¿cuál es el problema? 


Pedro se inclinó hacia delante, con la botella de cerveza fría entre ambas manos.


—Nos conocimos en Washington D. C. cuando ella estudiaba en la universidad, y yo estaba terminando mi trabajo como asistente legal en la Corte Suprema. Para cuando la conocí, ya tenía casi todo dispuesto para regresar aquí y comenzar a desarrollar el área en el estudio.


—Fue un momento difícil en tu vida —dijo Javier, y la preocupación se vislumbró en su rostro al ver el esfuerzo que hacía Pedro por relatar la historia.


—Me enojé bastante con ella. Y venir a trabajar con ustedes era para mí como comenzar mi propia firma de abogados. No quería apoyarme en ustedes dos para obtener clientes, ni quería ningún otro tipo de apoyo. —Se volvió a Simon y sonrió. — En aquella época tú también tenías un puesto como asistente legal de un juez federal en California, así que tampoco estabas aquí.


Simon asintió, luego hizo un movimiento expansivo con la cerveza, indicando que Pedro debía continuar la historia.


Javier interrumpió antes que pudiera continuar: —¿Por qué, simplemente, no la trajiste aquí contigo? —preguntó. 


Simon se rio, y los otros tres hermanos lo miraron como si se hubiera vuelto loco.


— ¿Qué tiene de malo sugerir una cosa así? —preguntó Ricardo. 


Aquello hizo que Simon se riera aún más.


—¿Querías que renunciara a todo para que pudiera venir aquí y estar contigo? — preguntó Simon. Extendió el brazo y le dio un puñetazo a su hermano en el brazo.


Pedro miró furioso a su hermano, pero no se la devolvió, como normalmente haría.


Estaba demasiado interesado en saber por qué Ash había dicho lo que dijo.


—Eso es casi exactamente lo que me dijo ella. Pero sigo sin comprender. Yo me quería casar con ella.


Aquello los sorprendió a todos, pero se repusieron rápidamente. — ¿Y ahora?


—Si me aceptara, me casaría sin pensarlo. Pero sólo está acá hasta que aparezca el siguiente puesto que le convenga. 


A Simon no le gustó aquello en absoluto. — ¿Te lo ha dicho? 


Pedro terminó su cerveza.


—No tan explícitamente, pero es cierto. Así que por ahora, sólo soy su novio por conveniencia.


Hubo un largo silencio antes de que Javier tomara la palabra: -—Eso no me lo creo ni por un segundo. 


Pedro se puso de pie y caminó hacia la heladera. Sacó cuatro cervezas más y las destapó antes de regresar, tras lo cual las repartió entre sus hermanos y se quedó una para sí.


— ¿Por qué dices eso? —preguntó una vez que estuvo sentado de nuevo.


Javier cambió de posición sobre la enorme butaca de cuero para poder mirar mejor a Pedro.


—He visto la forma como te mira. Está enganchada. Y si eres demasiado estúpido para no darte cuenta, entonces realmente no la mereces.


Pedro dirigió la mirada a su hermano mayor, y luego a Ricardo y Simon, quienes obviamente estaban pensando lo mismo. ¡Javier decía eso sobre Pedro y Paula cuando él estaba tan evidentemente enamorado de Abril! ¿En serio?


Pedro se rio junto con Ricardo y Simon, los tres habiendo advertido la ironía en la afirmación de Javier.


—Está bien, supongo que estás en lo cierto. Tengo que encontrar un modo de retenerla yo mismo. Pero si tienen algún consejo, por favor, díganmelo. Hace un par de semanas que busco el modo de resolverlo, y hasta ahora pareciera que mi estrategia sólo se ha vuelto en mi contra.



*****


Los hombres cambiaron de tema después de eso, y los cuatro procedieron a emborracharse en un esfuerzo por olvidar sus problemas. Sólo Simon seguía sobrio para cuando cada uno se fue a buscar una cama en algún lugar de su casa. Sonrió cuando sonó el timbre, sabiendo que la recién llegada sería Mia. Ahora no la dejaba dormir sola, y había salido a comer con amigos.


—Hola, príncipe —dijo ella, apenas abrió la puerta. 


— ¿Por qué no usaste tu llave? —preguntó, atrayéndola en sus brazos y besándola de modo que no pudo responderle.


—No lo sé —se río cuando él se echó hacia atrás ligeramente—. Supongo que no estoy acostumbrada a ella.


—Será mejor que te acostumbres —gruñó y tiró de ella a su habitación—. Por cierto, todos mis hermanos están en casa —le advirtió antes de cerrar la puerta a lo que ahora consideraba la habitación de ambos.


—¿Todos? —preguntó ella abriendo los ojos sorprendida. Él le respondió mientras los dedos comenzaban a desvestirla. 


—Los tres. Están en los otros dormitorios. ¿Te importa que duerman aquí? —preguntó antes de levantarla y posarla sobre la cama.


Ella se rio, pero se acurrucó contra él, sin sorprenderse en lo más mínimo de que la hubiera desvestido apenas se hallaron solos. Ahora estaba acostumbrada.


—Sólo preguntaba —dijo misteriosamente. 


—Olvida a mis hermanos —dijo Simon, inclinando la cabeza para besarla—. Tengo otros temas para discutir.


Mia estuvo completamente de acuerdo con su propuesta, y sonrió mientras le envolvía los brazos alrededor del cuello.





CAPITULO 17 (SEGUNDA HISTORIA)





Paula apoyó el mentón sobre la palma de la mano en tanto la conversación giraba en torno a ella. Ni siquiera advirtió la expresión bobalicona que llevaba en el rostro mientras Mia, Carla y Abril discutían planes de casamiento. Mia celebraría una boda enorme e invitaría a todos sus vecinos y compañeros de trabajo. Todos ellos la habían ayudado cuando fue arrestada, y quería agradecerles, mostrarles hasta qué punto valoraba su lealtad y apoyo.


Abril sugirió que Mia se tenía que casar el mismo día que su ex novio fuera condenado por cargos de fraude y malversación de fondos. Pero Mia sólo sonrió y desestimó la idea. Federico ya no estaba en su vida. Simon era el único hombre importante para ella. No le importaba lo que le pasaba a Federico. Habían roto mucho antes de que él intentara incriminarla por el robo de esa suma desorbitante de dinero y luego simulara su muerte. Todos se habían sentido indignados cuando se enteraron de que se había sacado sangre a lo largo de varios meses con el fin de tener la suficiente cantidad como para simular su propia muerte. 


Resultó repulsivo, por no decir un desperdicio, dado que había tantas personas que necesitaban sangre para salvar sus vidas. Federico había sido un egoísta de tantas maneras diferentes que resultaba difícil determinar cuál era peor.


Faltaban tres meses para su boda, y estaban organizando todo de prisa. Por lo general, hacía falta un año para organizar una boda tan descomunal, pero Simon se negaba a esperar tanto tiempo para casarse. Así que la boda se anticiparía, y Simon le asignó a Mia un presupuesto enorme para apurar los preparativos.


—¿Y tú? —preguntó Mia.


Paula se volvió y de pronto advirtió que las tres mujeres la miraban fijamente.


—Lo siento, no pude dormir bien anoche —replicó, conteniendo otro bostezo más —. ¿Cuál es la pregunta?


Las tres amigas se miraron entre sí, un gesto que para Paula pasó inadvertido porque estaba reacomodando nerviosamente la servilleta sobre su regazo.


Abril fue la primera en hablar:
—Mia estaba preguntando cuál sería nuestra boda ideal. Está buscando ideas.


Al instante, Paula supo que se quería casar en el prado detrás de la casa de Pedroa la hora del crepúsculo, con un sinfín de luces blancas brillando bajo el enorme roble. No quería demasiada gente. De hecho, sería perfectamente feliz sólo con esas tres mujeres, algunas de sus amigas de la universidad con las que seguía en contacto, y...


Estaba por pensar en los hermanos de Pedro, pero eso significaría que Pedro sería el novio.


Suspiró y sacudió la cabeza:
—Sí, este..., no sé exactamente qué tipo de boda me gustaría. Pero seguramente...


— ¿Algo en el campo? —sugirió Carla con una mirada amable y comprensiva.


Paula sonrió y asintió con la cabeza.


—Sí, definitivamente algo simple y campestre.


Abril carraspeó; todas estaban al tanto de lo que sucedía. 


Pero las otras mujeres estaban intentando guardar silencio sobre el asunto y respetar su intimidad hasta que Paula estuviera lista para contarlo.


— ¿Qué flores vas a poner, Mia?


Mia apartó la mirada del vivo deseo presente en el rostro de Paula, y se concentró en su copa de agua. —En realidad, todavía no elegí las flores. 


Las tres mujeres la miraron fijo:
—Tienes que encargar las flores, cariño —dijo Abril con un leve tono de urgencia en la voz—. Tienes la iglesia y el novio, nosotras tenemos nuestros vestidos y tú, el tuyo. Sólo falta el lugar de la recepción, el catering, la tarta y las flores.


—Lo sé —suspiró—, por eso les estoy preguntando a ustedes. No tengo realmente una flor preferida. No quiero rosas porque son demasiado caras, aunque me encanta el olor que tienen y lo elegantes que son. Y no me gustan las orquídeas.


—Margaritas —afirmó Paula, y luego levantó la mirada, sorprendida de siquiera haber pronunciado una palabra. Los ojos de Mía se iluminaron.


—Me encantan las margaritas —dijo, pensando en la idea. 


Carla observó la mirada de preocupación en el rostro de Paula.


Sacudió la cabeza:
—No me parece que las margaritas combinen con el vestido que elegiste. Las margaritas no son lo suficientemente formales.


Mia lo pensó un instante, y luego asintió:
—Tienes razón. Supongo que lo mejor es ir a una florista y pedir consejo, pero todas parecen querer aprovecharse de mí cuando les digo con quién me estoy casando. Odio que todos estos comerciantes se comporten como si se fueran a salvar con Simon. No me gusta, así que pensaba primero decidirme por algo y luego pedirles que lo hicieran lo más sencillo posible.


Carla sonrió y Paula se relajó ligeramente.


—-Qué les parece si vamos este sábado al mercado de flores?


Mia hizo un gesto de desazón:
—Este fin de semana, Simon me invitó a dar un paseo fuera de la ciudad.


Paula se dio cuenta de que era una buena excusa para salir de la órbita de Pedro ese fin de semana. Últimamente, estaban pasando juntos mucho tiempo, riéndose, cocinando, paseando en sus caballos. Le estaba comenzando a resultar difícil seguir viéndolo sin que se complicaran las cosas. Se estaba volviendo a enamorar.


O ¿alguna vez había dejado de estar enamorada? -¿Era posible que sólo hubiera aprendido a manejar la soledad de estar sin Pedro tras separarse de él durante sus años universitarios? -¿Había estado enamorada de él durante todo este tiempo y sólo reprimiendo el sentimiento?


Era posible. No había tenido ninguna otra pareja. Ninguno de los hombres con los que salía había despertado algún tipo de emoción en ella. Incluso se había irritado por que se animaran a tocarla.


Suspiró, sin ser consciente de que sus amigas la estaban mirando otra vez.


—¿Vieron que Linda regresó de sus vacaciones la semana pasada? —preguntó Abril, cambiando de tema dado que parecía que el tema anterior era demasiado doloroso para Paula en ese momento. Se volvió a Carla y Mia, y les explicó que Linda era una de las abogadas del grupo Alfonso.


— ¿Acaso no debía volver? —preguntó Carla, tratando de fingir desinterés.


—No es que haya vuelto antes de lo previsto —dijo Abril, poniendo los ojos en blanco-—, es cómo volvió. Solía tener una bonita figura, pero ahora está un poco más... voluptuosa.


Paula y Carla se miraron sus pechos modestos. No era que sus pechos fueran pequeños, guardaban proporción con sus figuras. Abril y Mia estaban un poco mejor dotadas.


Mia se rio:
—Si fuera a cambiar algo de mi físico, me inclinaría por labios más grandes. Me encantaría poder posar como hacen las modelos.


Abril soltó una risita:
—A mí me gustaría ser más alta. Pero no creo que haya una cirugía plástica para solucionar ese problema.


Paula estaba fascinada.


—¿Por qué diablos querrías ser más alta? —preguntó, inclinándose hacia atrás mientras les retiraban los platos del almuerzo. Apenas había probado la ensalada; en cambio, la había movido con el tenedor alrededor del plato en tanto los pensamientos de Pedro le daban vueltas en la cabeza.


Abril se inclinó sobre su silla e hizo una mueca: —A mí sólo me gustaría ser tan alta o más alta que un abogado insoportable que cree que me puede dar órdenes a su antojo.


Paula se rio, divertida con las fantasías de su amiga, aunque supiera que eran poco realistas.


—Odio tener que decírtelo, pero Javier está habilitado para darte órdenes. —Si sólo aquellos dos pudieran darse cuenta de que estaban perdidamente enamorados el uno del otro, serían tan felices, pensó Paula.


Los ojos de Abril lanzaron chispas.


—Lo sé. Y él lo sabe. Pero si fuera más alta, no me sentiría tan... —se detuvo un instante para pensar en la palabra adecuada—. No sé qué tiene que me saca tanto de quicio, pero me írrita. Si fuera más alta, no creo que me intimidara tanto.


Paula reconoció las señales de las discusiones de Abril y Javier, porque ella y Pedro discutían de la misma forma siempre que no estaban hablando de algo. Como ahora, por ejemplo. Pedro perdía los estribos por el tema más irrisorio. 


Siempre parecía que estaba a punto de iniciar una discusión terrible hasta que ella lo besaba por las noches. Y Paula no tenía ni idea de cómo abordar el tema porque no sabía lo que lo molestaba.


—¿Y tú? —le preguntó Carla a Paula. 


—¿Qué me cambiaría si pudiera hacerme una cirugía? —se rio—. No lo sé. Probablemente, hacer lo que hizo Linda y
agrandarme los pechos. Podría ser agradable que me consideraran voluptuosa —dijo, llevándose una mano inconscientemente al pecho—.¿Y tú? —le preguntó a Carla.


Carla se rio a su vez.


—Oh, no lo dudaría un instante. Me cambiaría el color de pelo a castaño. Estos bucles rubios hacen que, cuando me conocen, todos piensen que soy una cabeza hueca total. Incluido el mandamás ese del estudio donde trabajan ustedes. ¡El es el peor! Estoy casi segura de que me considera una idiota completa.


Las cuatro mujeres estaban a punto de decir algo, cuando las interrumpió Pedroenojadísimo, que se les vino encima de la mesa con gesto amenazante.


—Varias cosas —espetó a las cuatro mujeres que ahora lo miraban con los ojos abiertos y rostros paralizados mientras se inclinaba sobre su mesa—. En primer lugar —se volvió a Carla—, Ricardo siente muchas cosas por ti, pero te garantizo que no cree que seas una idiota. Y me atrevo a decir que se enojaría mucho contigo si te tiñeras el cabello. —Se volvió a Mia y comenzó a decir algo, pero se detuvo y tan solo sacudió la cabeza. —En cuanto a ser más alta —le dijo a Abril—, te aseguro que equipararte a él en altura no solucionará el problema. —Miró furioso a Paula, y toda su saña pareció estallar en su dirección. —Y si alguna vez te escucho decir que vas a cambiar lo que sea de tu figura sexy e increíblemente hermosa, creo que tendré que ponerte sobre mi rodilla y... —se detuvo, apretando los labios mientras intentaba recuperar el control de su furia—. ¡Te advierto que ni se te ocurra pensar en cambiar tus pechos, tus piernas, tus labios o tu cabello! —rugió—. -No cambiarás nada de tu cuerpo!


Con eso, se dio vuelta y se marchó, soltando varios billetes de alta denominación sobre la pequeña carpeta de cuero que el camarero les estaba acercando a la mesa, antes de salir furioso del restaurante. 


Las cuatro mujeres se quedaron mirando atónitas un largo instante la espalda del hombre en retirada, antes de volverse hacia la mesa. Un minuto después, estallaron en carcajadas sorprendidas.







CAPITULO 16 (SEGUNDA HISTORIA)





Estacionó justo detrás de él y salió, dejando su maletín en el auto y sólo trayendo la cartera. De nuevo se le volvió a ocurrir que no estaba completamente segura de lo que quería Pedro de su relación.


—Encantado de que pudieras venir —le dijo mientras ella se acercaba.


Paula levantó la mirada, oyendo el sarcasmo en su voz.


— ¿Qué está ocurriendo? —preguntó con cuidado, no queriendo irritarlo aún más, pero necesitando sincronizar con su estado mental antes de seguir adelante con lo que fuera.


Pedro bajó la mirada para observar a la mujer por la que sentía un deseo tan feroz que se había transformado en un persistente dolor físico. Tal vez, si no hubieran pasado juntos aquella noche. O tal vez, si no se hubieran conocido hace tantos años, él podría haber conocido a otra persona, alguien que estuviera dispuesto a pasar el resto de la vida con él, compartir su futuro, sus esperanzas y sus sueños.


Pero nada de eso sucedió. Y ahora él estaba allí, queriendo atraerla en sus brazos y llevarla a su cama y no dejarla salir nunca. Quería mostrarle todo lo que podían alcanzar juntos, conocer todos sus sueños y hacerlos realidad.


Desafortunadamente, ella sólo quería un amante temporal. 


Pedro tenía que aceptar el hecho de que era nada más que un escalón intermedio.


En lugar de responderle y confundirlo todo con palabras, se acercó, y extendió las manos para tomarle la cabeza mientras se inclinaba hacia abajo y la besaba, mostrándole aquello que deseaba. La deseaba a ella. En exclusivo, por el resto de su vida. Quería amarla incondicionalmente y tener muchos bebés con ella, observarlos crecer y envejecer junto a ella. Quería saber cómo sería ver su piel hermosa envejeciendo con el tiempo y su suave cabello color castaño volviéndose plateado mientras sus nietos se reían alrededor de ellos.


En cambio, sólo tenía esa única noche con ella. Y, tal vez, algunas más.


La tomaría. Tomaría lo que fuera que ella le diera, disfrutaría de cada momento, cada beso y caricia, y guardaría esos recuerdos en la memoria para el día en que estuviera viejo y solo. Lo mantendrían tibio en esas frías noches que tenía por
delante.


Cuando levantó la cabeza, sintió las suaves manos de ella aferrándose a sus brazos, su cuerpo exuberante presionado contra el suyo y experimentó una rara especie de victoria. Al menos ella no podía negar que existía esa atracción mutua.


—Ven adentro —-le dijo.


—¿Estás seguro? —le preguntó ella.


Su única respuesta fue enarcar la ceja y acercar las caderas de ella a las suyas.


Ella se rio con suavidad, sonrojándose ante la evidente respuesta que presionaba contra su vientre.


—Supongo que estás seguro.


El dio un paso atrás y le tomó la mano, para conducirla a la casa.


—¿Tienes hambre? —le preguntó.


Paula sintió el silencio a su alrededor, pero también la tensión que recordaba de todos esos años atrás. Nunca terminaba de desaparecer cuando estaban juntos.


—Me muero de hambre —respondió, tomándole la mano con fuerza y esperando que entendiera el mensaje.


Él sonrió sutilmente y la condujo a su dormitorio. Al alcanzar el rellano superior, la besó, y empujándola hacia atrás la condujo suavemente a su cama.


Paula ya no necesitó de palabras. Cuando él la besó, ella entendió a la perfección lo que deseaba. Lo siguió por donde la llevó. exigiéndole a la par. Le tocó todo el cuerpo, y volvió a reconocer sus caricias y su fragancia, el modo en que él también la tocaba, sintiéndose en la gloria cuando finalmente perdieron el control absoluto de todo. Y cuando la penetró, supo que jamás se sentiría tan plena como en aquel momento. Con Pedro, el mundo siempre parecía perfecto. Sin importar lo que sucediera en el mundo exterior, Pedro y su modo de mirarla o tocarla, o simplemente de sonreírle, lo arreglaba todo y ella era feliz.